Como ya he dicho alguna vez aquí, en la libreta eléctrica, yo viajo mucho en tren, a pesar de que es caro. En estos tiempos medievales, de recaudadores insaciables, viajar en coche propio resulta un lujo. Porque el combustible ha subido, porque hemos de apretarnos el cinturón y sacrificarnos un poquito más, o sea un mucho, para que la realeza y los miles de bufones que corbatean (corbatear es mostrar, pasear y lucir la corbata aparentando educación, cultura y rectitud moral) por nuestro esquilmado país, puedan seguir trajinando al ritmo del millonariado, que es lo contrario del proletariado.
Proletariado es término de origen latín. Lo usaban los romanos para designar a aquellos que solo podían aportar prole al ejército de Roma porque no tenían otra cosa.
Millonariado es término de origen mío. Lo uso para designar a los que solo quieren llevarse millones a costa de lo que sea porque no soportan el ansia que les cubre los huesos.
El millonariado se ha puesto de moda en los últimos veinte años. Todo el mundo parece querer formar parte de este club. Todo son ventajas para los socios. Además, por extraño que parezca, tiene un sin número de simpatizantes, es decir, proletarios lame culos que darían un riñón, un brazo, tres costillas y la córnea de un ojo por lavar el coche de un socio. Si fuera por pertenecer al club darían al diablo su alma y la de su descendencia, el uso y disfrute de un par de orificios, negarían a Cristo, a su madre y la redondez de la tierra.
El millonariado no viaja en tren, al menos no en los trenes que viajo yo, con vagones viejos y descuidados, con calefacción en días alternos, un día funciona, otro día no. En verano es el aire acondicionado el que se alterna. Las pantallas para el visionado de películas están bien colocadas, las películas no se ven, pero hacen mucha compañía, con sus interferencias y chirridos, todito el camino, cuatrocientos kilómetros. Eso sí, puede usted presentar la correspondiente reclamación, pero no en la estación donde se apea, no a esta hora, no señor, tiene que ser en estación importante o en otro horario, o sea, otro viaje para la reclamación. (Yo a esto lo llamo ratería, timo, pillaje, desfalco, fraude, estafa. Y no quiero calentarme.) Las puertas que separan un vagón del siguiente a veces cierran, a veces no. Lo mismo pasa con las que dan a la calle, no importa, suba usted por otro vagón de los muchos que tiene este tren y luego búsquese el número de asiento que figura en su billete. El aseo no funciona siempre, pero hay más en otros vagones y así se estiran las piernas. El horario es me-ra-men-te informativo, no nos pongamos exigentes, tensos, inflexibles, recios. Como las puertas, que van muy recias. El billete, por el contrario, mantiene su importe, no es como el vagón, envejecido y gastado, no, no, no. El billete sigue progresando y actualizándose, siempre joven y lozano.
Ya sé que hay trenes mejores, que esto solo pasa en los que viajo yo y otros cuarenta parias de la tierra. Los que nos movemos entre Orense y Bilbao. El que quiera puede probar y comprobar que cuanto digo es solo una parte de la vida que nos dan los muchachos de “Adif”. De todo esto, en su publicidad no dice nada.
Haya salud y suerte.
LAS BUENAS MANERAS
Aquí nadie ha robado nada, nadie ha estafado nada, nadie se ha quedado con nada, nadie ha cometido delito alguno. Y si alguien lo ha cometido, nadie ha visto nada, nadie sabe nada, nadie se enteró de nada.
Todo está meridianamente claro, legal, correcto.
El sistema está concebido de forma tan mafiosa, sibilina y miserable, que todos estos truhanes profesionales sacian su ego y bolsillo mientras se acogen a leyes y derechos que salvaguardan la honorabilidad que nunca tuvieron, mientras se ríen en nuestras barbas pronunciando palabras dignas con indignas bocas. Está concebido para que el engaño y la mentira sean aceptados como recursos lícitos. Concebido para contaminar la moral y el criterio, para afear, con una vaselina de buenas formas y respeto por una sociedad de obedientes memos de pensamiento único y lección bien aprendida, las conductas de aquellos que osen indignarse.
Engaños, mentiras, eso es lo que se vota, eso es lo que te ofrecen con su sonrisota porcina. Engaños y mentiras que nadie piensa ni puede cumplir.
Engaños, mentiras, eso es lo que te cuenta tu banquero personal, eso es lo que te ofrece con su sonrisota porcina. Engaños y mentiras que nadie piensa ni puede cumplir.
Engaños, mentiras, eso es lo que prometen multinacionales en miles de productos y alimentos que aparecen, con su sonrisota porcina, más sexi, en tu televisor. Engaños y mentiras que nadie piensa ni puede cumplir.
Yo desprecio la política y sus actores. TODOS. Generalizo, sí. Ya estoy hasta los cojones de que se me escapen los villanos y malnacidos por entre la justicia y la buena educación.
El significado, hoy, de las palabras, honradez y dignidad, tiene poco que ver con el que les daban en tiempos de nuestros abuelos. Este sistema nos está cambiando todo, tiznándolo todo. Mi abuelo no sería capaz de mantener hoy las buenas maneras, no señor, porque mi abuelo era honrado y persona digna.
Haya salud y suerte, y que les den por el…

CUANDO NO SÉ QUÉ ESCRIBIR.
GRACIAS, JAIME.
No es conducta habitual en estos tiempos que alguien te sorprenda siendo generoso contigo. Ofreciéndote su esfuerzo y dedicación sin pedir nada a cambio. Es aún menos común que lo haga sin pretensiones, solo por simpatía, con humildad y sin afán de
protagonismo. Es una agradable sorpresa y un aliciente cuando la esperanza y el tesón de uno mismo están más cerca del abandono que de la lucha. Es un hermoso detalle que quiero agradecer sincéramente a Jaime, el autor de este trabajo. Gracias, Jaime, y haya salud y suerte para todos.
Aquí se puede ver su regalo.
DE BODA
Las bodas no son cosa cualquiera. Las bodas precisan orden, estrategia, protocolo. No me refiero a los novios, no, eso ya supera mis capacidades. Me refiero a los que vamos a comer y poco más.
Antiguamente uno se presentaba en la boda con ropa de domingo, muda limpia y buen ánimo. Hoy no. Yo en este asunto no estoy a la altura (me estoy dando cuenta de que últimamente no estoy a la altura en casi nada) pero tengo a mi reina que, no solo está a la altura, si no que sobrevuela majestuosa por encima de mis tendencias desfasadas, mi concepto de la estética, mi indiferencia textil y la ignorancia sobre lo que es ir conjuntado, elegante y guapo, a la par que juvenil y desenfadado. Siguiendo los consejos de mi reina, de una cosa puedo estar seguro, aunque a mí me parezca que estoy ridículo vestido de lo que no soy, que la camisa me esté desollando el cuello, repito, de una cosa puedo estar seguro: voy conjuntado, elegante, conforme a los cánones de elegancia y buen vestir, que no sé qué autoridad u organismo los decreta pero vienen a coincidir, punto por punto, con los que mi reina maneja. Eso sí, cada cual tiene en casa su propia reina y, cada reina, sus propios cánones, y todas aseguran y certifican utilizar los cánones oficiales, aunque no se parezcan en nada.
Estábamos con la boda. La boda es mañana pero la familia lleva dos meses en alerta naranja. Sobre todo las mujeres. Alerta naranja hasta las cero horas del día elegido, a partir de aquí pasamos a alerta roja. Se duerme mal, a ratos. El día va a ser muy largo. La boda es a las doce, mediodía, así es que según el plan establecido, en el que yo no he intervenido para nada, se tocará diana floreada a las seis de la mañana. Porque hay mucho protocolo por disponer, mucha tía, prima y madre que peinar, mucha indumentaria que conjuntar. Es igual, sea cuál sea la hora a la que se empiece la jornada el día de boda, las mujeres siempre andan apuradas, sin tiempo. Los hombres, como no tenemos que pensar, porque ya está todo pensado, hacemos recados y labores de intendencia. A las diez dejar a la tía Nati en la peluquería y, al volver, pasas por la mercería y recoges una pamela a nombre de María José, que le tenían que cambiar la cinta para que haga juego con la suela de los zapatos y ponerle un broche monísimo para fijarla al moño. La pamela se la das al tío Marce, que estará esperando en la cafetería Agobium con sus dos nietos, los hijos de la prima Sara. El pequeño, Raulín, te lo traes contigo porque su padre va a ir a recoger a la novia con el coche, que es más grande, y Sara y los niños se reparten entre la familia, por eso Raulín va con nosotros. No se te olvide parar en una farmacia y comprar tiritas y almohadillas para los zapatos. De la tía Nati despreocúpate, que ya la recogerá el cuñado de Choni cuando vuelva de lavar el coche, según consta en su hoja de ruta. Así, de esta manera, se pasa la mañana sin sentir y a las doce en punto estamos todos a la puerta de la iglesia. Todos menos la tía Nati, que algún cuñado olvidó recogerla a tiempo y llegará tarde y enfadada, pero con un peinado que quita el sentido. Los hombres estamos todos aquí. Las mujeres, no podría decirlo, apenas las reconozco. ¡Qué glamour! Qué modelitos. ¿Qué boda es esta? A que me he colado.
A mí, como a muchos otros, esto de la ceremonia, sea civil, militar o religiosa, ni me va ni me viene, así que, acompañado de algún otro calavera, me busco un bar cercano donde celebrar una ceremonia alternativa, más relajada. En la iglesia el tiempo pasa muy despacio. En el bar el tiempo vuela. Esto lo sabe todo el mundo. La física nunca ha podido explicarlo pero es así. Por eso a las fotos llegamos tarde, no salimos en ninguna. Aun sin nosotros todo va de maravilla. La novia está guapísima. El novio muy limpio. La ceremonia, ideal, y las mujeres parecen salidas de una revista. Ahora ya podemos irnos todos al bar sin cometer afrenta.
Aquí la boda cambia de ritmo. Esto es un festival de besos, saludos y presentaciones. En media hora me han presentado siete veces al señor este del bigote. El baño de señoras está colapsado. No todas quieren hacer pis, no señor, hay muchas cosas a las que una mujer tiene que hacer frente en este tipo de eventos. Un toquecito de barra de labios para ir dejando su marca por todos los vasos y copas del local. Algo más de rímel. La pestaña postiza que se está soltando. Algún imperdible de última hora. También convendría ajustar los pantis constrictores de cuello alto y, sobre todo, cambiar los zapatos de tortura por unas manoletinas, por si se tercia una jota antes de comer. Porque los zapatos de señora, cuando de una boda se trata, han de cumplir una serie de condiciones sin las cuales no alcanzan la categoría exigida. Primero, han de ser, además de vistosos, incómodos. No pueden ser bajos, excepto en bodas de verano, que se pueden llevar sandalias bajas (de muy mal gusto por otra parte, cosa de mujeres con poco estilo). Una mujer que compra zapatos para una boda y puede soportarlos en los pies más de dos horas, es que no tiene ni idea, ni clase, ni glamour ni nada. Más le valdría ir con botas de goma. Los zapatos de boda han de mantener el pie lo bastante prieto como para que el riego sanguíneo se interrumpa y no llegue a los dedos, pero no tanto que se produzca la gangrena del miembro. Además de mantener los dedos así, en un puro gurruño, es aconsejable que produzcan rozaduras en, al menos, dos zonas sensibles, que sean propensos a la torcedura y con suela bien resbalosa. Deberían venderse siempre con un maletín de primeros auxilios. También el vestido se las trae, porque no está bien visto que una mujer en sus cabales luzca en una boda un vestido de su talla, ha de ser de, al menos, una talla inferior y si son dos, aún mejor. Tampoco la física ha podido explicar esto.
Ahora toca sentarse a comer, que ya los novios han terminado con las diecisiete mil fotos y vuelven a estar entre nosotros, bien tarde por cierto, y ver la forma y manera de acomodarse con las compañías adecuadas, que una mala compañía puede arruinar una estupenda comida. En las bodas, por lo general, se come mucho. Algunos comen mucho y otros menos. Algunos beben mucho y otros más. Llevamos tres horas comiendo y cuando llega el postre yo ya no recuerdo el primer plato. A mí me parece que he comido demasiado, pero nada que ver con lo que han comido otros. Yo solo soy un aficionado que no alcanza la media exigida al profesional. No me explico cómo vamos a terminar esta boda, con su baile y todo, sin al menos tres o cuatro infartos. Ahora ya sí, ya hemos terminado con la tarta y los licores. Todos al salón. Si todos han comido como yo, supongo que bajaremos rodando. No creo que nadie pueda entregarse ahora, con esta panza, al trote bailongo. Habrá que esperar al menos dos horas de copeo y charla antes de acercarse a la pista.
Por lo que estoy viendo, en esta boda el personal es bien valiente y corajudo, la pista ya está llena de enérgicos danzarines, y sin las dos horas de digestión, si está aquí mi madre el amago le da a ella. Yo, de momento, me mantengo al margen, en la barra, disfrutando del espectáculo. El personal ya no es lo que era esta mañana. De aquellos figurines que llegamos a la puerta de la iglesia apenas quedan las fotos. La comida, la bebida, la calefacción y los ritmos rumberos han hecho estragos y relajado la exigencia estética. Aquel traje elegante, a la par que desenfadado, que yo puse esta mañana, era de talla retráctil, es decir, que se ha ido recogiendo, recogiendo, que no sé si no tendré que quitármelo. Además a mí, con la comida, me ha salido una especie de protuberancia, como un neumático, alrededor de la cintura toda. El botón del pantalón está soportando la misma presión por centímetro cuadrado que la puerta de un submarino en la fosa de las Marianas. Como se descosa de repente, el que esté en la trayectoria que se dé por muerto. Tampoco importa mucho porque casi todas las camisas andan ya por fuera del pantalón, a modo de faldones. Esto ya parece una boda de gente normal. Ahora ya empiezo yo a conocer a casi todas. Después de cuatro horas con la boda in crescendo ya no puedo asegurar que sea real todo lo que veo, y tampoco voy a explicarlo aquí. Estas cosas han de quedar para disfrute y asombro de los propios porque, fuera de contexto, ni contarlas ni explicarlas ayuda a conseguir gloria.
Acercarse a la pista y dejar la seguridad de la barra, entre copas y charla, puede ser muy peligroso para los que no tenemos el don, ni el deseo, del baile. Ha de estarse más que atento por si al pincha discos de turno la da por soltar el porrón-pon-pon de una jota. Entonces, al centro de la pista acuden en tropel, con brazos arriba y trote jotero, un gran número de, lo que yo llamo, apaga-brasas. Todos en corro sacudiendo zapatazos al suelo como si estuvieran apagando un fuego. Se ha de estar muy atento porque puedes verte bailando en un abrir y cerrar de ojos, no porque te guste, no señor, bailas en defensa propia, porque te ha agarrado una señora, mayor y grande, y está dándote una tournée por todo el salón.
El caso es que llevo cuatro horas apoyado en la barra, viendo ir y venir al personal. Yo no voy ni vengo, solo observo. Y me estoy cansando de estar tan formal y de tanto refresco. Este momento de debilidad, y mi cuñado que pasaba por allí, y me arranco con las copas. Para otro sería tarde, para mí no, mi tolerancia al alcohol es casi nula. Yo con tres copas ya estoy para alcohólicos anónimos, así que recupero terreno a marchas forzadas. En treinta minutos hago juego con cualquiera de los que lleva todo el día bebiendo. Puedo abrazarme a cualquiera y cantar asturianadas como si nada. Y hay que ver como corre el tiempo en los bares si te aplicas a beber. Acabo de empezar la timba y ya es media noche. Mi cuñado anda por el otro lado de la barra, entre los camareros, poniendo copas para los dos. No sé como lo ha hecho, pero lo han aceptado como si llevara toda la vida trabajando codo con codo con ellos. Yo estoy intentando que la máquina del tabaco no me pase por encima, se ha tragado mis monedas y no para quieta, se mueve mucho. Viene mi reina a buscarme, menos mal. Y mi cuñado también viene a buscarme, que nos vamos. Explico que la máquina se ha tragado mis monedas, pero no sé con qué tónica me ha hecho mi cuñado los gin-tonic, que se me ha puesto la lengua muy gorda y no se me entiende nada. Mi cuñado me saca el tabaco y mi reina me saca a mí, porque yo no sé dónde está la puerta. Sí sé dónde está, pero no sé cuál es la verdadera entre las muchas que veo. Ahora que estaba yo en plena faena, nos vamos. A seguir en otro sitio que nos quieran.
La boda se acabó aquí, porque del resto no tengo un recuerdo muy claro, solo lo que me han contado y ya se sabe, no se puede fiar uno de todo lo que se oye. Así que aquí acabo yo este folleto.
Haya salud y suerte.
NAVIDAD, Y VAN CINCUENTA
Si yo fuera Papá Noel, que no lo soy, no me pondría esa horterada de traje ni un minuto. Además me afeitaría la barba, que no es cosa higiénica, que vengan los niños en fila a besar esa pelambrera, dejando en ella sus babitas y recogiendo las del anterior, durante horas y horas. Tampoco me gusta el trineo, no señor, lo veo algo fresquito para este tiempo, demasiado descapotable para andar de ronda a esas horas que anda repartiendo regalos. Y los renos no los quiero, son demasiados, tendría que pasarme todo el día recogiendo mierdas con una pala. Y anda siempre solo, un señor vestido así y solito en las madrugadas, a mí no me convence.
Yo me iría con los Reyes Magos. De hecho, no sé si no me iré este año cuando pasen por mi pueblo y que ellos me regalen donde les parezca. Por si acaso me largo y no volvemos a vernos, FELIZ NAVIDAD Y HAYA SALUD Y SUERTE.
REGRESO AL PASADO
Cuando yo tenía ocho años, hoy tengo cincuenta, España aún no había despegado. Esta letanía la vengo escuchando, de bocas agradecidas y progres de academia, los últimos veinte años. Yo, mientras tanto, permanecía en silencio, rumiando a solas, con la filosofía de boina que heredé de mi abuelo, el negro vuelo que le adivinaba yo a tan estupendo despegue.
Cuando yo tenía ocho años, en mi pueblo había un sastre. Había también un peluquero. Fotógrafo también teníamos, y oficina de correos, y dos taxistas, un gestor, tres bares, salón de baile, dos tiendas, un taller mecánico, herrero, carpintero, electricista, escuela con dos maestros, cura, médico con su consulta, practicante, coche de línea tres veces al día, mercado el quince de cada mes y un cine. Miseria de la España profunda aún por despegar.
Entonces llegó el famoso despegue y se llevó con él todo lo que aquel rural entorno prometía. A cambio, aterrizó en el pueblo el progreso. El progreso es un ente de apetito voraz y estómago insaciable. Así, sin descanso, devoró el progreso al sastre, al peluquero y al gestor, al fotógrafo y al taxista. Cerró bares y cantinas, talleres, tiendas y consultas y dejó el pueblo en manos de grandes superficies, estupendos profesionales y políticos visionarios, todos ellos lejos, muy lejos de mi pequeño pueblo. Con el tiempo y la ayuda de gobernantes vividores y filibusteros aquel despegue tan tremebundo, que tanta maravilla prometía y del que yo tanto desconfiaba, consumió más combustible del conveniente y lo que prometía elegante vuelo acabó en caída de barriga.
Hoy, con los cincuenta años ya dichos, mi pueblo, gracias al progreso y al despegue, no tiene tienda, ni taller. No tiene médico cercano que atienda nuestras urgencias. No tiene practicante, ni gestor, ni peluquero. No tiene oficina de correos ni de ninguna otra cosa. No tiene cine en ochenta km a la redonda, ni mercado, ni taxista. Nos han quitado el coche de línea y nos van a quitar el único tren que nos une con la capital, donde hemos de acudir, “por obligación”, a resolver nuestros asuntos, a comprar nuestros alimentos. Quitarán el tren de cercanías, el de alta velocidad no, ese les hace falta a los tiralevitas, ese no para en estaciones rurales a recoger pobres. Hoy mi pueblo no tiene nada, no tiene gobernantes ni gestores que miren por él, no tiene nada que ofrecer a estos “busca –tajadas”. Aún así, todos pagamos nuestros impuestos y nuestras multas, que a eso si se acerca la administración. Dice mi madre que ella nunca creyó que vería un día lo que está viendo.
Estamos pensando, los pocos aldeanos que aquí quedamos, que andan los catalanes queriendo que España se olvide de ellos, y nosotros ya lo hemos conseguido, sin disputas ni consultas. Que nos han olvidado sin más. Ganas nos dan de colocar alambrada, cortar dos carreteras y listo, independencia total. Para que no puedan acercarse a recoger nuestros dineros, que eso si les interesa y engorda. Además, que andamos ahora con las matanzas y esas cosas rurales y primitivas, y lo que sobran aquí son cerdos.
Haya salud y suerte.
YA SOMOS COMO ELLOS
Tenemos un problema. En la obra tenemos un problema. Nos han robado todita la herramienta, además de otros artículos y material. Ha sido esta noche. Mientras dormíamos plácidamente en nuestras camitas, otros facinerosos se han pasado la noche acarreando herramienta desde nuestra obra hasta su furgoneta. Sin herramienta, la obra es bastante parecida a la nada. Nos sentimos un poco idiotas dando vueltas de acá para allá como zombis. Así que nos hemos pasado la mañana asimilando la sorpresa y el fastidio, cuantificando los daños y elucubrando sobre el asunto.
El primero que se ha puesto en plan detective ha sido Doc. Después todos nos hemos puesto a investigar como si fuéramos de la unidad especial de criminología científica de la CIA. Nos lo hemos pasado como enanos (¿qué se supone, que los enanos siempre se lo pasan bien?)
Está claro que el robo se perpetró valiéndose de un vehículo bien grandote. El volumen de lo robado y las rodadas así lo indican. Hay huellas por toda la obra y el perímetro de al menos tres pares de botas y uno de zapatillas. Es decir, que o bien eran cuatro individuos, o eran dos y se cambiaban de botas a su gusto. Hay también huellas de un gato pero no creemos que esté mezclado en el asunto. Uno de ellos vigilaba el cotarro desde la esquina porque dejó en el sitio más de una colilla, y de tabaco caro, nada de estrecheces. Han dejado latas de cerveza por toda la obra lo que nos lleva a pensar que este tipo de trabajo no los tenía demasiado estresados o tensos. Tenemos indicios suficientes como para afirmar que dos de ellos eran, o bien subordinados, o bien idiotas, porque en el transporte de la herramienta más pesada siempre están sus huellas, las mismas, las de los otros dos ni se acercan. También hemos encontrado pruebas de que, durante el episodio, alguno de ellos sufrió un apretón. Bueno, lo que hemos encontrado es mierda. Sospechamos que no eran de nacionalidad española, porque se han llevado dos palas y eso no es normal, a menos que tuvieran en la furgoneta un cadáver por enterrar. Hemos llegado a la conclusión de que, en cuestiones de obra, no son entendidos, porque se han llevado la radial pero han dejado la llave para aflojar el disco. Se han llevado la hormigonera pero no el cable para enchufarla. Se supone que a robar se dedican aquellos que no quieren trabajar, o sea, los vagos. Pues estos no encajan en el perfil, porque para llevarse todo lo que se han llevado han tenido que trajinar de lo lindo, y además tendrán que bajarlo de la camioneta en algún sitio, así que esto solo fue la mitad del trabajo. A esto hay que sumar los gastos de gasoil y mantenimiento de la furgoneta, que no es este un trabajo cualquiera, que no se puede permitir que la furgoneta falle justo cuando te fugas, en plena madrugada, con las herramientas de otro. Está la nocturnidad, que siempre está mejor pagada y no te cuento si encima es día festivo. Desde luego tienen que ser gente sin escrúpulos, porque lo mismo desmontan un andamio que despiezan todos los grifos de un cuarto de baño. Suponiendo que se lo hayan llevado para revenderlo en el mercado negro, no creo que con lo que les paguen por la mercancía lleguen a cobrar por hora lo que el trabajo merece.
Luego el lado humano del asunto. ¿Quiénes son estos desalmados? ¿Harán una pausa en su faena para comer el bocadillo? Estarán casados. ¿Qué vida marital es esta? Con tu mujer sola en la cama mientras tú te aventuras en las sombras de la noche, sin saber si volverás a casa y en qué condiciones, porque puedes ser sorprendido en el ruin acto delictivo y tener que salir por patas, corriendo desesperado por parajes desconocidos para volver a tu guarida no se sabe cómo, o con una manta de palos que en la oscuridad de la noche no sabes ni quién te los dio. O dar con tus huesos en algún calabozo de provincias y llamar desde allí a tu fiel (se supone) esposa para que llame al abogado de la empresa.
Por otra parte, este tipo de robo demuestra a las claras la falta de clase de quien los comete. Robar a gente humilde sus herramientas de trabajo mientras hay tantísimas sucursales de banco amontonando el dinerito de los avaros, no me parece a mí que sea cosa decente. Un poco más de coraje profesional no les vendría mal, porque con esta conducta están tirando por tierra la reputación que con tanto sacrificio ganó Robín Hood para el oficio.
En el pueblo dicen que ya nadie está seguro en estos tiempos. Ni los pobres estamos libres del robo. Ni entre nosotros nos respetamos. Ya todo vale con tal de medrar. Ya somos como ellos.
Haya salud y suerte.
PERSONAS HONRADAS.
Soy un privilegiado. Me creía una persona normal con más cuitas que alegrías. Pero no, no es verdad. Soy una persona normal, eso sí es cierto (esto me parece a mí, no sé lo que pensarán los demás), pero con mucha suerte. He querido estar durante un tiempo apartado de este carnaval que tenemos por mundo. Saborear mi entorno y la gente que a diario me rodea. No he querido escribir nada aquí, en la libreta eléctrica. No he querido prestar demasiada atención al cacareo incesante de los medios. No he querido compartir el pesimismo solidario que nos piden los filibusteros que tenemos por amos. He decidido hacer exactamente lo contrario. Vivir de espaldas a sus consejos interesados. Ignorar sus letanías hechas al dictado de su señor. Quieren que los pobres de la tierra hagamos un poquito más de sacrificio para salvar su culo de cuatreros. Yo he decidido que soy sordo. Que voy a dedicar mi sacrificio y esfuerzo a mis iguales. Que ayudando a los de mi igual, en lo que puedo, es como saldremos de esta pocilga que ellos quieren sanear. Yo no quiero sanearla. Yo quiero que la mierda les llegue a las narices y en ella ahoguen su ansia mezquina. Yo quiero aportar mi sacrificio para ayudar a mi vecino.
Soy un privilegiado porque durante este tiempo he disfrutado, entre la gente corriente que me rodea, de vivir tranquilo entre personas” HONRADAS”, lo que, teniendo los políticos y leyes que tenemos, es un auténtico milagro.
Haya salud y suerte.
HISTORIAS DEL TREN.
Yo viajo mucho en tren y, ahora que lo pienso, no he felicitado la navidad. No he tenido ganas. De hecho sigo sin tenerlas y ya casi no queda navidad. Al que le haga ilusión, que se dé por felicitado. Yo viajo mucho en tren, ya lo dije. Es una actividad que a veces me gusta y a veces no. Depende mucho del tipo de viajeros con los que comparto vagón. He visto de todo. He escuchado las mil y una conversaciones entre viajeros de todo tipo y condición. He visto situaciones de lo más variopintas, sorprendentes, ridículas, un poco de todo. He visto viajeros capaces de hablar durante cuatro horas seguidas sin descanso mientras su acompañante suplica un minuto de silencio, un minuto de intimidad para suicidarse. He visto otros que reparten su charla de asiento en asiento, buscando entre los demás alguien con quien compartir esas estupideces tan importantes que tiene que comunicar. Los he visto educados y corteses, mal educados y estúpidos. Los he visto agradables, y desagradables. De todo tipo los he visto. Esta vez he visto algo nuevo, algo que no había visto antes en un vagón de tren. Es cosa común, y muy razonable cuando el viaje se hace largo, que los viajeros estiren las piernas paseando vagón arriba y abajo, pero esta vez la cosa pinta de lo más surrealista. El viajero en cuestión es un hombre de entre sesenta y setenta años, más cerca de la T que de la S. Apenas mide un metro y cincuenta centímetros, es regordete, está calvo y tiene un fino bigotillo. Está de pie al fondo del vagón, preparado y esperando a que el pasillo quede despejado. Mantiene una postura extraña, como si esperara un pistoletazo de salida y eso hace que algunos viajeros nos fijemos en él. También hace señas para que le despejen el pasillo. Una vez que el pasillo queda limpio, de un extremo al otro del vagón, el hombre se arranca a correr. El abuelo Maratón está entre nosotros. Es una carrera de pasitos cortos y rápidos. Vagón adelante va su calva dando saltitos. Desde donde yo estoy sentado tengo dos terceras partes del vagón por delante y una por detrás. A mi altura, al otro lado del vagón, hay un matrimonio, ya mayor, dando cuenta de su almuerzo. Tienen su taper de pollo, su tortilla, su pan y son de Monforte. Detrás de ellos, repanchigado en su asiento, viaja un barbudo entrado en quilos que me mira y pregunta: -¿A este qué le pasa? Yo no tengo ni idea de qué le puede pasar a un anciano que se arranca a correr por el vagón de un tren en marcha. Otros viajeros advierten al abuelo Maratón de lo peligroso que puede resultarle un tropezón con cualquier bolso, pierna, o chaqueta de las que sobresalen por todo el pasillo. El abuelo Maratón sigue su carrera sin prestar oídos a las muchas, muchísimas, sugerencias y recomendaciones que van surgiendo por todo el vagón. Los almuerzos y charlas se interrumpen, todo el vagón está pendiente del abuelo Maratón. Yo lo estoy viendo venir y pensando que, en un bandazo de los muchos que da este tren, Maratón se la pega. Ahora viene hacia nosotros, mantiene un equilibrio precario porque el tren se mueve bastante. Trae la misma cara que pondría si estuviera corriendo por encima del vagón en lugar de por dentro. Menudo bandazo, ahora sí. Maratón se desvía de su trayectoria, colisiona con la parte alta de un asiento, rebota como un muñeco de trapo, pierde adherencia en las ruedas, tropieza con no sabemos qué y estrella su bigotito contra el cabezal de un asiento, justo el que está por delante del matrimonio de Monforte. La dentadura de arriba ha ido a parar al taper de pollo. Maratón está incrustado debajo del asiento que tengo detrás. Ha sido un alunizaje vertiginoso, como el rayo ha ido Maratón a meterse debajo del asiento. El barbudo gordito lo mira y le dice:-¡Ya habías tardao! Entre los más cercanos hacemos por incorporarlo, lo sacamos como podemos. Lo sentamos. Maratón nos mira y parece sonreír, pero no está sonriendo, es que la dentadura de abajo está fuera de su sitio y, aunque tiene la boca cerrada, los dientes se le quedan fuera. Intenta colocárselos pero, conmocionado como está, se le van al suelo. Parecen de goma porque dan un par de botes y quedan justo en medio del pasillo, justo donde el barbudo regordete acaba de pisar con una de sus enormes botas, justo debajo. No eran de goma, los ha hecho tres cachos. El abuelo Maratón presenta además en la calva un arañazo inciso contuso con dos trayectorias bien diferenciadas. Estamos buscando uno de sus zapatos por debajo de los asientos, en un radio de cinco metros, y sigue sin aparecer. La mujer de Monforte le pregunta lo que todos querríamos saber: -¿Pero bueno, a quién se le ocurre ponerse a correr por aquí? ¿No puede darse un paseo como todo el mundo? Ya le contesta su propio marido: -Este está majareta, te lo digo yo. Maratón recoge los restos del alunizaje y vuelve a su asiento rascándose la calva. Por el camino le devuelven el zapato perdido. El barbudo vuelve a repanchigarse, los de Monforte suspenden el almuerzo. Yo sigo sin creerme del todo lo que acabo de ver.
Todo esto lo he visto yo, tal y como lo cuento. Yo venía ensimismado en mis cosas, pensando que esta navidad me parecía menos navidad que otras. Que los españolitos de España los veía yo… como resignados, un poco flojos, apáticos, tibios, no sé. Como si este año los Reyes Magos llegaran para llevarse cosas y no para dejar regalos. Entonces apareció Maratón y nos alegró el viaje.
Para el año que entra, el 2012, haya salud y suerte.
